Vete y no olvides nada, ni una palabra, ni una pregunta, vete y no mires atrás, a los males amores uno nunca debe regresar.
Mientras me apuro por encontrarte, anhelo que el reloj se detenga y no tengas prisa por marcharte.
El hecho de que te regalara mis sonrisas como si las merecieras (cuando en realidad no), no hizo que me eligieras.
Mensajes ebrios, amor desbordante: eres mi prioridad en medio de la confusión.
La eternidad deja sus marcas, y a veces son las cicatrices las que nos recuerdan que estuvimos aquí.
La paradoja de tener a alguien tan cerca y, al mismo tiempo, sentir un vacío abrumador. Eso, sin duda, es soledad.
Me molesta el contacto físico, pero por alguna extraña razón me haces querer juntar tus piezas.
Somos chispas de luz en el vasto firmamento, buscando la trascendencia en cada encuentro efímero.
El destruido aprende el arte de destruir.
Me duele, pero no es mi problema.
No hay reglas ni moldes para el amor, solo la autenticidad de sentirlo como mejor te plazca.
Nada.
Realmente no tengo nada bueno que ofrecerte.
Si se trata de físico; bien podrías confundirme con algún monstruo salido de tu propia imaginación. Tu más pura aversión hacia la criatura extraña que soy.
Cicatrices cuál enredaderas me recorren de pies a cabeza.
Uñas rotas y afiladas, las arañas que anidan en mis pestañas.
La piel tostada cubierta de polvo de hadas, diminutos destellos que anuncian mi presencia en la oscuridad a lo lejos.
Motas de ceniza y el olor a tabaco agrio. Tinta oxidada y el cabello enmarañado.
Si hablamos de personalidad; tu odio cobra sentido en verdad.
Inestabilidad emocional, vacío crónico total.
El miedo que recorre a tu persona a causa de mi estúpida enfermedad, mi falta de claridad para diferenciar lo real de lo irreal.
Voces en tono grave, se pelean entre sí por intentar hacer de mí, lo más vil que pueda existir.
El carácter más irracional y mi impulsivo actuar que rara vez logro controlar.
Pero créeme, me hago más daño a mí misma por no poder hallar una salida a los pesares y mi sed autodestructiva.
No tengo nada bueno que ofrecerte, solo mi melancólica y desestructurada poesía.
Notas acumuladas en el celular, pensamientos sobre todo aquello que en persona, ya no te puedo comunicar.
Versos inequivocos, párrafos muchas veces mal escritos.
Letras sin destinatario porque te niegas a aceptarlo.
Vomito textual, síntoma de la soledad que me dejaste, y ahora no puedo dejar de agonizar.
Sí, solo te puedo dar mi poesía y mi forma de amar más obsesiva.
Mis frágiles y febriles caricias, la tristeza de mis días.
Pero también, aunque fugaces, genuinas sonrisas, mis ganas de ser el último gran amor de tu vida.
Así es, solo puedo ofrecerte mi vida, mi melancólica felicidad y mi agridulce poesía.